En febrero de 2023, la Marina brasileña hundió de forma controlada al portaaviones São Paulo, ex Foch francés, a unos 350 kilómetros de la costa atlántica, en una zona de unos 5.000 metros de profundidad. El barco había sido adquirido por Brasil a Francia en el año 2000 por unos 12 millones de dólares, tras entrar en servicio en 1963 y haber participado en pruebas nucleares en el Pacífico, misiones en Líbano y los Balcanes. Durante sus 17 años en la Armada brasileña acumuló incendios, averías y falta de repuestos, por lo que fue dado de baja en 2017. Tras fracasar su venta a una empresa turca de desguace en 2021 —Turquía retiró el permiso por dudas sobre el amianto y otros materiales tóxicos que aún contenía—, el buque permaneció a la deriva frente a Brasil sin que se le permitiera regresar a puerto.
La principal controversia es que ninguna fuente coincide en el volumen de residuos peligrosos a bordo: las autoridades brasileñas reconocen unas 9,6 toneladas de amianto y cientos de toneladas de pinturas tóxicas, mientras que organizaciones ambientales como Basel Action Network elevan las estimaciones y añaden PCB, cadmio, plomo y mercurio. La agencia ambiental Ibama había alertado del riesgo para los ecosistemas marinos y tribunales brasileños desestimaron los intentos de frenar el hundimiento. El episodio ilustra las consecuencias del proceso incompleto de retirada de amianto realizado por Francia antes de la entrega.
