Este artículo del New Yorker explora la fascinante historia de cómo el juguete de peluche Teddy Bear, aparentemente inocente, revolucionó la industria del juguete en Estados Unidos y cómo una comunidad de inmigrantes judíos jugó un papel fundamental en su desarrollo. Todo comenzó a principios del siglo XX, cuando Morris Michtom, un inmigrante judío de Bielorrusia que había escapado de la conscripción en el ejército ruso, se inspiró en un dibujo de Clifford Berryman sobre Theodore Roosevelt y un oso. Michtom, dueño de una tienda de dulces en Brooklyn, creó una versión de peluche del oso, bautizándolo “Teddy’s Bear”, en honor al presidente.
Inicialmente, la idea no era comercial; Michtom simplemente quería replicar el dibujo. Sin embargo, la demanda fue abrumadora. La producción inicial se realizó con la ayuda de jóvenes de la yeshiva, pero pronto se subcontrató a una fábrica textil para satisfacer la creciente popularidad. Lo sorprendente es que Michtom no patentó su invento, lo que permitió la proliferación de imitaciones y, paradójicamente, impulsó aún más el interés. El Teddy Bear no solo se convirtió en un éxito entre los niños, sino también en un accesorio de moda para las mujeres, marcando una transición en la percepción de los juguetes.
El artículo revela que el éxito del Teddy Bear fue el catalizador de una transformación radical en la industria del juguete. Antes de esto, los juguetes eran hechos en casa o eran artículos de lujo para coleccionistas adultos. El Teddy Bear abrió la puerta a una industria masiva, impulsada por la creciente comprensión de la importancia del juego en el desarrollo infantil, un cambio cultural influenciado por el movimiento progresista y figuras como Felix Adler, quien abogaba por la educación y el ocio para los niños.
El autor, Michael Kimmel, profundiza aún más, mostrando que Michtom no fue una excepción. Muchos otros inmigrantes judíos, como los Hassenfeld (Hasbro), Joshua Lionel Cowen (Lionel Trains) y Louis Marx, fueron pioneros en la creación de juguetes icónicos como Mr. Potato Head, Transformers, trenes eléctricos, hula hoops y tiddlywinks. Estos emprendedores, a menudo provenientes de entornos de pobreza y persecución, transformaron la infancia estadounidense, creando una industria valorada en miles de millones de dólares. La historia ilustra cómo la experiencia de la inmigración, la búsqueda de oportunidades y la comprensión de las necesidades de los niños convergieron para dar forma a una industria cultural clave en Estados Unidos.
