Hace veinte años, al poco de incorporarse a Google, la autora publicó un post sobre la política del "20% time": una jornada semanal que los ingenieros podían dedicar a proyectos propios. En aquel texto sostenía que esa práctica no podía copiarse sin más, porque dependía de un entorno y una filosofía de trabajo, no de un porcentaje en un manual. Dos décadas después, aquella política ha caído en desuso incluso dentro de Google, y la autora reflexiona sobre cómo la inteligencia artificial está reintroduciendo una versión distinta de esa misma idea optimista: más margen para explorar, pero ya no pagado en horas, sino en atención.
La pieza recorre tres ejes. Primero, recuerda que lo esencial del 20% time nunca fue el día libre, sino el permiso y la cultura que lo hacían viable, y explica cómo Google fue desactivándolo a medida que crecía y empezaba a medir el rendimiento con más precisión, hasta convertirlo en un irónico "120% time" en torno a 2013. Segundo, describe cómo la IA ha cambiado la naturaleza del trabajo técnico: lo que antes era un bloque de concentración ininterrumpida, ahora se reparte en los huecos que deja un agente de programación mientras ejecuta tareas, lo que ella llama "20% time sin calendario". El cuello de botella ya no son las horas, sino la atención: Harvard Business Review ha empezado a hablar de "AI brain fry", un agotamiento ligado a supervisar sistemas que se mueven más rápido que el pensamiento. Tercero, la autora cuestiona quién se beneficia realmente de esta nueva holgura: mientras desarrolladores y profesionales técnicos ganan margen para explorar, ilustradores, actores de doblaje o guionistas ven cómo su trabajo ha servido para entrenar los modelos que ahora compiten contra ellos, una paradoja que la autora no resuelve pero deja planteada como pregunta central.
