A partir de finales del siglo XVI, el tabaco se introdujo en Inglaterra como un producto importado del Nuevo Mundo y, a mediados del XVII, ya se cultivaba comercialmente en Europa y en plantaciones americanas trabajadas por esclavos. Su carácter adictivo, los beneficios que generaba y un comercio monopolístico lo convirtieron en objeto de controversia moral, médica y política. El rey Jacobo I publicó en 1604 su Counterblaste to Tobacco, donde advertía de riesgos para la salud como el cáncer y denunciaba la presión social que empujaba a hombres distinguidos a fumar para no parecer singulares. Pese a los intentos de gravarlo o prohibirlo en las tabernas, su valor fiscal terminó protegiéndolo.
El artículo describe cómo el consumo se extendió a todas las clases sociales y a ambos sexos. La pipa de arcilla, la cerilla y el tabaco conformaban una rutina ritualizada en tabernas, cafeterías, hogares y calles. Para los fumadores habituales fue imprescindible disponer de su propio tabaco, lo que popularizó las cajas personales desde principios del siglo XVII: aparecen en la literatura impresa a partir de 1607 y en inventarios y testamentos desde la década de 1620. Hacia 1700, una caja personalizada para rapé o tabaco se había convertido en un accesorio obligado tanto para un jornalero como para un noble.
El texto detalla la variedad de materiales (roble 'wainscot', latón, plata, cedro y hueso) y precios, así como la existencia de piezas 'populuxe' compradas sin personalizar y luego grabadas con iniciales y mensajes afectuosos. También examina el uso femenino: aunque la documentación directa es escasa, las fuentes judiciales y epistolares —como la carta de Endymion Porter a su esposa en 1623 o el legado de Susan Cotton en 1677— muestran cajas de tabaco empleadas como vehículos de afecto entre hombres y mujeres.
