Brian, miembro de una pandilla del barrio Potrero Grande en Cali, empuña un arma desde los 15 años y consume las mismas drogas que vende. Su historia ilustra el ciclo que el fotógrafo danés Mads Nissen ha documentado desde 2016 siguiendo la ruta de la cocaína hasta su origen: plantaciones de coca en los Andes, laboratorios clandestinos en la selva, pandillas en ciudades y envíos hacia los puertos del Pacífico en Tumaco y Buenaventura, desde donde la droga cruza el Atlántico rumbo a Europa.
Según la ONU, unos 25 millones de personas consumen cocaína en el mundo y alrededor del 22 % vive en Europa. La producción mundial alcanza máximos históricos para satisfacer una demanda creciente. Desde 2024 la cocaína superó al petróleo como principal exportación de Colombia, responsable de cerca del 70 % del suministro global. El negocio mueve unos 15.000 millones de dólares y se apoya en milicias armadas herederas del conflicto civil, con vínculos con políticos y policías locales.
El nuevo presidente derechista Abelardo de la Espriella, exabogado de clientes con lazos paramilitares y narcos, prometió una "guerra total" contra los carteles con el respaldo de un paquete de seguridad de 1.000 millones de dólares prometido por Estados Unidos. Todos los intentos previos de répression han fracasado; el primer día de su mandato, dos atentados guerrilleros dejaron un policía muerto y varios heridos. En Cali, las autoridades renombrarán Potrero Grande como Nuevo Amanecer, pero en sus calles, como advierte Brian, "nos seguimos matando entre nosotros"; "no hay paz".
