El color amarillo de la piel del pollo no procede de una cría de corral ni de mayor calidad, sino de la alimentación. Las aves no pueden sintetizar carotenoides, así que la tonalidad dorada depende de los pigmentos que absorben a través del pienso y que se depositan en la piel y la grasa subcutánea. Los pollos blancos reciben dietas a base de trigo y cebada, cereales pobres en estos pigmentos, mientras que los amarillos obtienen su tono de piensos ricos en maíz, alfalfa, caléndula o cempasúchil, e incluso se añaden pigmentos como la luteína, la zeaxantina o extracto de pimiento y achiote para intensificarlo.
Según los tecnólogos de alimentos José Miguel Mulet y Beatriz Robles, el valor nutricional de un pollo amarillo y uno blanco es equivalente; la única diferencia es estética y, en parte, organoléptica. Sí influyen en cambio el tiempo de cría (los camperos se sacrifican hacia los 90 días frente a los 35-50 del pollo industrial) y el nivel de actividad del animal, que modifican sabor y textura. La industria recurre a estos pigmentos por neuromarketing: el consumidor asocia el amarillo brillante con frescura y salud y está dispuesto a pagar más por un producto que, sobre el papel, no es nutricionalmente superior.
