El astronauta del Apolo 11 Michael Collins controló con precisión los últimos 36 minutos de la ceremonia de apertura del Museo Nacional del Aire y el Espacio, celebrada el 1 de julio de 1976 en Washington D. C. Su misión: coordinar la cuenta atrás para que el presidente Gerald Ford cortara la cinta justo al mediodía y no quedara eclipsado por el sobrevuelo de los Thunderbirds. La cuenta funcionó: el himno nacional duró 85 segundos, la invocación del obispo de Washington y la salutación del secretario del Smithsonian, Dillon Ripley, se ajustaron al guion, y Ford tomó la palabra a las 11:13. Su discurso, de nueve minutos y medio, repasó los hitos de la aviación estadounidense desde el biplano de los hermanos Wright hasta los vehículos espaciales contemporáneos, y cerró con una cita de Thomas Jefferson sobre soñar con el futuro. La escena, reconstruida por collectSPACE, sirve de preámbulo a un enigma aún sin resolver: el paradero del brazo robótico de la sonda Viking que se exhibió en aquella jornada inaugural y del que, medio siglo después, el museo no logra dar cuenta. La búsqueda ha reabierto la historia de uno de los objetos más singulares del programa espacial estadounidense.
