En 1902, el geógrafo Henry Gannett, figura clave del U.S. Geological Survey, publicó un informe federal de 334 páginas en el que documentó el origen de aproximadamente 10.000 topónimos de Estados Unidos: ciudades, pueblos, ríos y accidentes geográficos. La tarea, realizada a mano mediante cartas a funcionarios y organizaciones, buscaba reconstruir cómo colonización, independencia y expansión territorial quedaron escritas sobre el mapa. Al ordenar los nombres, apareció una estratigrafía lingüística del país: bajo las denominaciones actuales permanecían los pueblos indígenas originarios, los colonos que avanzaron hacia el oeste y, de forma especialmente visible, dos viejas potencias europeas. Francia dejó su huella siguiendo los grandes sistemas fluviales: Luisiana, Baton Rouge, Nueva Orleans, Lafayette, San Luis, Detroit, Dubuque, Duluth o Pierre marcan las rutas comerciales que conectaban el interior del continente con Canadá. España, por su parte, escribió su capa en California, el sur de Texas y el corredor del río Grande a través de Nuevo México, con nombres religiosos como Los Ángeles, Santa Fe o San Antonio, e incluso referencias a la guerra entre Estados Unidos y México, como Buena Vista. Antes de europeos y franceses, los topónimos indígenas —Poughkeepsie, Schenectady— ya estaban allí, deformados por sucesivas pronunciaciones. Tras la independencia, los estadounidenses sustituyeron las referencias británicas por nombres bíblicos y grecorromanos: Troy, Ithaca, Lebanon. El trabajo de Gannett tenía lagunas —faltaban Jacksonville e Indianápolis, y apenas incluía Alaska y Hawái— y algunas atribuciones resultaron leyendas populares. Aun así, más de un siglo después, el patrón que descubrió sigue siendo extraordinariamente visible.
