La órbita geoestacionaria (GEO), situada a 35.786 km de la Tierra, impone una limitación práctica a los satélites: la necesidad de reservar combustible para ascender a la órbita cementerio al final de su vida útil. Por eso, la mayor parte de los grandes satélites comerciales se diseñan para operar unos 15 años y luego jubilarse, aunque sigan siendo funcionales y extremadamente caros. Esa lógica empieza a cambiar con el mantenimiento en órbita. La operadora australiana Optus ha logrado extender la vida útil de su satélite Optus D3 acoplándole en mayo de 2025 un vehículo de extensión de misión (MEV), que aporta propulsión y control de altitud. Tras más de un año unido al satélite, el MEV acaba de separarse de él. Ahora arranca una segunda fase: adosar al D3 un módulo de extensión (MEP) mediante un vehículo robótico (MRV) lanzado el 21 de julio de 2026, una especie de mochila con cohete que prolonga la operación seis años más. Esta vía es más económica que reemplazar el satélite entero. No es la primera experiencia: el MEV-1 rescató al Intelsat 901 desde la órbita cementerio en 2020. Además, Astroscale ultima un vehículo de repostaje para satélites de la Fuerza Espacial de EE. UU., Orbit Fab impulsa la interfaz RAFTI para que satélites futuros reciban combustible en órbita, y los satélites chinos SJ-21 y SJ-25 habrían realizado en 2025 una posible maniobra de repostaje en GEO, según observadores independientes. La era de usar y tirar en el espacio se encamina a su fin.
