El escritor Francisco de Quevedo murió el 8 de septiembre de 1645 en el convento dominico de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) y fue enterrado en la iglesia de San Andrés, que se abre a la plaza mayor de la villa, un conjunto arquitectónico con soportales y balconadas de madera característico del Siglo de Oro castellano. Aunque su última voluntad era descansar en el convento madrileño de Santo Domingo el Real junto a su hermana, el vicario desoyó esa petición y lo sepultó en la capilla de los señores de Bustos. Con el tiempo, una remodelación de finales del siglo XVIII mezcló sus restos con los de decenas de difuntos en la cripta de Santo Tomás, perdiendo toda identificación.
En 1869, un proyecto estatal para reunir a grandes figuras en el Panteón de Ilustres de Madrid extrajo un esqueleto que se envió a la capital sin pruebas concluyentes de su autoría. El envío fracasó y los huesos apócrifos fueron devueltos y enterrados en la ermita del Calvario en 1920, mientras los restos genuinos permanecían ignorados en San Andrés. La resolución llegó en 2006, cuando la Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense excavó las tumbas de la cripta de Santo Tomás y separó diez huesos compatibles con el perfil biológico de Quevedo: un varón de unos 65 años con una deformidad femoral que explicaba su cojera. En mayo de 2007, los restos fueron inhumados en una urna de forja en la iglesia de San Andrés, donde hoy pueden contemplarse a través de un cristal.
