El autor argumenta que la web actual ha degenerado en un ecosistema tóxico, dominado por la IA generativa y la manipulación algorítmica, lo que ha erosionado la confianza del usuario. Cita datos que indican que los agentes de IA ya superan a los usuarios humanos en tráfico, y señala cómo las plataformas monetizan el odio y la desinformación mediante la IA. El texto contrasta esta realidad con la fragilidad histórica de la red, recordando cómo un desastre ferroviario en 2001 afectó a las conexiones de fibra óptica. El autor critica la ilusión de que internet es una memoria permanente, destacando que el 25% de los enlaces en The New York Times entre 1996 y 2019 eran inaccesibles. Además, señala cómo la obsesión por las métricas de validación digital ha desplazado la experiencia humana real, dejando espacios vacíos que la IA llena con contenido artificial. Finalmente, propone que la eliminación de las presiones monetarias de las plataformas podría permitir recuperar comunidades auténticas y significativas, aunque advierte que la red tal como existe no desaparecerá de la noche a la mañana.
