En 1931, el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, dependiente de la Sociedad de Naciones, invitó a diversos pensadores a reflexionar sobre los problemas más acuciantes del mundo. Albert Einstein aceptó y, en julio de 1932, escribió a Sigmund Freud para proponerle abordar juntos la pregunta «¿Por qué la guerra?».
Los dos hombres se habían conocido una sola vez, en el invierno de 1926, durante una visita de Freud a Berlín. Seis años después, ambos afrontaban un horizonte sombrío: Einstein, de origen judío y con nacionalidad suiza, acabaría emigrando a Estados Unidos tras la subida de los nazis; Freud, enfermo y con 76 años, confiaba todavía en que el Tratado de Minorías protegería a los judíos vieneses y que Francia impediría la anexión de Austria por el régimen de Hitler, unas ilusiones que se derrumbarían poco después.
El intercambio de cartas, publicado en alemán, francés e inglés —traducido por Stuart Gilbert— y prohibido en la Alemania nazi, reveló las profundas diferencias entre ambos. Einstein, socialista democrático y pacifista convencido, atribuía las guerras al nacionalismo y a la irracionalidad de los odios entre pueblos, y proponía una autoridad supranacional con capacidad de resolución pacífica de conflictos. Freud, por su parte, rechazó la premisa de que la violencia organizada fuera una anomalía y, en respuesta, desarrolló lo que más adelante se conocería como la segunda teoría de los instintos: la existencia de un instinto de muerte, Thanatos, paralelo al instinto sexual o de vida (Eros). Así, la guerra dejaba de ser un simple error político para convertirse en una expresión del destructivo impulso humano hacia la agresión.
