Un ingeniero de software narra cómo decidió usar un agente de IA (al que llama «Pol») para construir desde cero una aplicación de tareas pendientes. Antes de irse a dormir, lanzó al agente a generar el código de forma autónoma. Al despertar descubrió que el 0% de su cuota semanal de uso estaba disponible: el agente había consumido miles de millones de tokens en doce horas sin producir una sola línea de la aplicación. El repositorio generado solo contenía una carpeta de pruebas, organizada en subcarpetas con hashes SHA-256 calculados por el propio agente, cada una cubriendo casos extremos que la app nunca llegará a alcanzar. La aplicación en sí no existía, ni siquiera como marcador o esqueleto.
El texto acuña el término «Vibe Tax» (impuesto del vibe coding) para describir el coste extra que los agentes entrenados para resolver todo de una sola pasada imponen a los desarrolladores profesionales. Esos modelos consumen hasta diez veces más tokens de lo necesario con tal de que el usuario, normalmente un «vibe coder» sin intención de revisar el código, no tenga que enfrentarse a ningún error visible. El sobrecoste recae sobre todos los demás desarrolladores, que sí leen y mantienen el código, y que pagan la optimización silenciosa que el agente hace en su lugar.
La pieza es una crítica satírica y técnica al sobreesfuerzo de los agentes de programación y al gasto computacional que provoca la priorización de la experiencia del vibe coder frente a la eficiencia.
