Willem Vooijs, responsable de tecnología del Hortus Botanicus de Ámsterdam, plantea en este ensayo un problema cotidiano convertido en caso de estudio: una caldera de gas funcionando un día soleado porque la bomba de calor se había desconectado en silencio. Para responder a una sola pregunta —por qué sale humo de la sala de calderas— tuvo que cruzar cinco programas distintos, cada uno pensado por un ingeniero para otro ingeniero, y alinear manualmente las marcas de tiempo. La respuesta, banal, solo aparece al juntar dos hechos que viven en sistemas que nunca hablan entre sí. Ese cruce, señala, es lo que ningún proveedor le permite hacer.
El texto sostiene que los datos del edificio ya se generan, se pagaron y existen, pero en la práctica los controla el fabricante, que los devuelve a través de portales, licencias por usuario o cargos por punto de datos, sobre plataformas que el cliente no puede extender. Tres factores —propiedad efectiva por parte del instalador, sistemas aislados por diseño e interfaces pensadas para el técnico de puesta en marcha— conspiran para que nadie, ni siquiera el propietario, pueda interrogar al edificio en su conjunto. La tendencia, advierte, apunta hacia portales en la nube, capacidades detrás de suscripciones y el riesgo de que un producto se retire arrastrando consigo todo el historial: lo que en el mundo del consumo se conoce como enshittification.
Vooijs identifica tres cambios que, en su conjunto, hacen el problema abordable hoy: el Reglamento Europeo de Datos, aplicable desde el 12 de septiembre de 2025, que reconoce al usuario empresarial el derecho a exigir los datos que genera un producto conectado en formato legible por máquina; plataformas abiertas como Home Assistant, usada en más de dos millones de hogares y sustentada por una fundación sin ánimo de lucro que no puede ser comprada ni vendida, que traslada al entorno laboral el principio de datos propios y sin dependencia de proveedor; y el Model Context Protocol, que permite preguntar al edificio en lenguaje natural y obtener respuestas ancladas en las mediciones reales. El autor asume que se marcha del Hortus, pero defiende que la misma interfaz que responde preguntas es la que permite mantener el sistema sin depender de una sola persona.
