El hukou es el sistema de registro de residencia de China, creado a mediados del siglo XX para controlar la migración interna y facilitar la economía planificada. En la práctica, condiciona el acceso de los ciudadanos a servicios públicos esenciales como sanidad, educación, pensiones o vivienda, ya que estos quedan vinculados a la zona donde se inscribió originalmente el hogar. Se trata de una pequeña libreta granate donde constan datos personales y territoriales.
El sistema se diseñó cuando la mayoría de la población vivía cerca de su lugar de nacimiento, pero la China de 2026 poco tiene que ver con esa realidad. Décadas de migración interna han generado una enorme bolsa de población flotante que reside fuera de su hukou: el último censo cifra en casi 358 millones las personas en esa situación, y los migrantes rurales empleados fuera de su localidad rondaban los 180 millones en 2025. Cambiar el registro es extremadamente difícil: se exigen años de empleo estable, cotizaciones o requisitos burocráticos, y en ciudades como Pekín o Shanghái las probabilidades de obtener el asentamiento no llegan al 2%, según un estudio recogido por The Economist.
El resultado es una suerte de ciudadanía de dos clases, con familias como la de Wang Ming, que tras más de 20 años en Pekín deben escolarizar a su hijo en su provincia de origen para que pueda presentarse a la universidad. El sistema, aunque ha sido reformado parcialmente, sigue actuando como una frontera invisible que el Gobierno chino intenta ahora modular.
