El hombre que se gana la vida leyendo libros (uno cada dos días)

Fuentes: The Man Who Reads Books For a Living (One Every Two Days)
Imagen generada por IA con el prompt: A middle-aged bearded man with glasses reading at a desk stacked with open books and manuscript pages, warm lamplight in a cozy apartment, cinematic editorial photography style
Imagen generada con IA

Clarke Speicher es un lector profesional: alguien a quien agentes, ejecutivos y productores envían libros y manuscritos para que los evalúe como posibles adaptaciones cinematográficas o televisivas. Con 45 años, neoyorquino y capaz de leer unas cien páginas por hora, Speicher redacta lo que él mismo denomina "coverage": un informe detallado con una sinopsis escena por escena, diálogos clave y un análisis de qué elementos del libro funcionarían en pantalla. Su recomendación final es binaria: descartar o seguir adelante.

Speicher aterrizó en la profesión casi por accidente. En 2001, siendo un estudiante de inglés de veinte años en Delaware, cubría un festival de cine para el periódico universitario cuando un ejecutivo le ofreció unas prácticas. En 2002 ya estaba en Nueva York leyendo guiones para uno de los grandes estudios independientes, y descubrió que leer libros se le daba especialmente rápido y se pagaba mejor. Al principio eran novelas de terror menores, pero con el tiempo su nicho se consolidó en la literatura con mayúsculas.

Hoy Speicher trabaja como autónomo dentro de la economía de los gigs y completa alrededor de seis libros por semana. Calcula que ha leído literalmente miles de obras a lo largo de dos décadas, es decir, más de 300 al año solo en el cómputo profesional. Lee desde novedades muy esperadas de autores consagrados —a veces recibe borradores en Word con erratas— hasta novelas juveniles y "potboilers". Entre sus clientes figuran productoras tradicionales y plataformas como Apple y Netflix. Durante años fue el lector principal de un megaproductor ganador de un EGOT, posteriormente caído en desgracia, del que se decía guardaba varios teléfonos en su escritorio porque los lanzaba y rompía con frecuencia.

Speicher no aparece en los créditos de las películas que ayuda a impulsar, pero siente orgullo cuando algo que recomendó llega a las salas. No aspira a las alturas de Hollywood: se considera parte de un "cerebro colectivo" al servicio de ejecutivos demasiado ocupados para leerlo todo. "No todo ejecutivo puede leer cada libro", explica. Su trabajo consiste en decidir si una historia merece los millones de dólares que podrían gastarse en adaptarla.