El gran pánico de los intermediarios

Fuentes: The Great Intermediary Panic

Cada vez que una tecnología abarata la distribución, los intermediarios tradicionales —periódicos, discográficas, cadenas de televisión, videoclubes, distribuidores de software, salas de cine e incluso tecnologías otrora dominantes como Flash— viven una crisis existencial. Estos sectores confundieron el control temporal sobre la distribución con un valor permanente y llevan décadas anunciando el fin del mundo porque los consumidores dejaron de comportarse como clientes obedientes de 1987.

Algunas industrias desaparecerán en su forma actual; otras sobrevivirán solo tras mutar hasta ser irreconocibles. Su estructura, sus licencias, sus incentivos y su cultura interna se diseñaron para un mundo donde producir y distribuir era caro, un mundo que ya no existe. La pregunta útil no es si el pasado fue hermoso, sino si la empresa sigue resolviendo un problema real o si se limita a cobrar una renta por haber controlado el acceso.

Esta crisis no es nueva ni propia de internet: acompaña al comercio desde siempre. Hoy simplemente se observa en tiempo real. El patrón se repite: aparece un producto, la distribución es difícil, surge un intermediario poderoso, la tecnología abarata el acceso, productores y consumidores sortean el canal antiguo y el intermediario descubre un amor profundo por la regulación, la tradición y la moral.

Muchos de estos actores acaban atacando las mismas tecnologías que después adoptan —como ocurrió con la música e internet—. Su queja rara vez versa sobre el arte y casi siempre sobre el control. El consumidor, sostienen estas líneas, suele tener la última palabra: si prefiere MP3, streaming o YouTube al casete, el CD o la MTV, no se trata de una traición cultural sino de una interfaz mejor. El texto recuerda que nadie lloró al disco floppy, al videoclub ni a sus tarifas por retraso, y concluye que el modelo de distribución obsoleto, no la tecnología, es el auténtico problema.