El Gran Premio de Gran Bretaña, disputado en Silverstone este fin de semana, volvió a confirmar una de las constantes de la temporada: el coche más rápido no siempre gana. La fiabilidad volvió a pasar factura a un piloto, y la suerte benefició a otro que necesitaba ese triunfo. Sin embargo, el gran foco de la carrera estaba en otro lugar: la expectativa de una relanzada en las últimas vueltas tras la entrada del coche de seguridad en la vuelta 48 de 52. Un mensaje en pantalla anunció a comentaristas y espectadores que la carrera se reiniciaría, pero la indicación se mostró por error. El resultado fue un desenlace deslucido para una prueba que había resultado entretenida hasta ese momento.
Silverstone, antiguo aeródromo de la Segunda Guerra Mundial, es un circuito plano y ventoso, célebre por sus curvas de alta velocidad como Copse, Maggotts y Becketts. La FIA limitó la recuperación y despliegue de energía híbrida a 6,5 MJ por vuelta en la clasificación, frente a los 8 MJ permitidos en la sprint y la carrera, para evitar que los coches se quedaran sin energía. Lewis Hamilton, piloto más exitoso en Silverstone, brilló el viernes ante su afición, en un trazado que cuenta con una recta bautizada en su honor desde la reforma de 2010.
