El glasphalt, una mezcla de asfalto y vidrio triturado, emergió en 1970 en California como una solución innovadora para gestionar residuos de envases. El experimento inicial en Fullerton, que utilizó un 63% de vidrio, demostró la viabilidad técnica de la técnica, aunque reveló desafíos como la retención de calor y la fragilidad de las partículas bajo carga. A partir de entonces, la tecnología se expandió globalmente, pasando de pruebas aisladas a aplicaciones masivas en ciudades como Baltimore, Nueva York y Australia. En Nueva York, entre 1990 y 1995, se emplearon 225.000 toneladas métricas de vidrio reciclado, consolidando la práctica como una industria. La investigación posterior determinó que la viabilidad óptima no residía en maximizar el contenido de vidrio, sino en reducirlo para mejorar la durabilidad y la seguridad vial. Este caso ilustra cómo la reutilización de residuos puede transformar infraestructuras urbanas, ofreciendo una alternativa técnica y ecológica al asfalto convencional, siempre que se ajuste la composición a las exigencias de resistencia y seguridad.
