En 2015, Hannah Herbst, una estudiante de instituto de 15 años de Boca Ratón (Florida), presentó BEACON, un pequeño generador que transforma el movimiento de las corrientes oceánicas en electricidad. Construido con un tubo de PVC, una hélice impresa en 3D, una rueda Pelton y un presupuesto de unos 10 euros, el proyecto le valió el título de "America's Top Young Scientist" y 25.000 dólares en el Discovery Education 3M Young Scientist Challenge. Herbst concibió el dispositivo tras cartearse con una niña etíope sin acceso a luz eléctrica, y lo probó con éxito en el Intracoastal Waterway de su ciudad, donde logró encender bombillas LED. Con la ayuda del científico de 3M Jeffrey Emslander, estimó que una versión ampliada podría cargar tres baterías de coche en menos de una hora, energía suficiente para bombas de desalinización, centrifugadoras en clínicas rurales o balizas de navegación costera. Más de una década después, ese enfoque de dispositivos pequeños, autónomos y de bajo coste coincide con el rumbo que ha tomado la industria de la energía marina: empresas como ORPC, Ocean Motion Technologies o Hydrokinetic Energy Corp operan hoy bajo esa misma lógica modular. El Departamento de Energía de EE UU calcula que el recurso técnico disponible en sus aguas equivale al 57% de toda la generación eléctrica actual del país, aunque advierte de que la tecnología aún está en fase temprana. Herbst liberó los planos en abierto y ha continuado su carrera: estudió sistemas de información en Florida Atlantic University, ideó un vendaje antibacteriano inspirado en la piel de tiburón y es fundadora y CEO de AutoTQ, un torniquete automático para hemorragias graves.
