La peatonalización de la ronda de Sant Antoni, en el distrito del Eixample de Barcelona, ha abierto una colisión entre dos políticas urbanas: pacificar el espacio público y devolver la calle al juego infantil. Vecinos y comerciantes denuncian que los adolescentes usan las farolas como porterías, lanzan balonazos contra escaparates y portales y generan ruidos que superan los 80 decibelios, incluso los domingos. La Guardia Urbana afirma tener las manos atadas, porque el Síndic de Greuges ya avaló el derecho al juego y no puede requisar pelotas ni multar. Los afectados, como Joan Carles, califican la situación de "martirio" y piden horarios y zonas delimitadas.
El Ayuntamiento, que en 2019 levantó con Ada Colau la prohibición histórica de jugar a pelota en la calle, defiende su Plan del juego con horizonte 2030, con 11 millones de euros y 30 áreas infantiles renovadas en ocho distritos. Otros municipios, como Ciempozuelos y Parla, han regulado el uso del espacio público para juegos o se han adherido a la red Ciudades Amigas de la Infancia de UNICEF.
La precocidad de jóvenes como Marc Santos y Jorge Domínguez, sumada al tirón del Mundial de 2026, en el que España ganó a Argentina con gol de Ferran Torres, alimenta la llamada "efecto Lamine". Estudios de la Universidad de Exeter y revisiones en Revista Retos y Polo del Conocimiento respaldan los beneficios del juego libre exterior para la salud mental, la atención y la autorregulación emocional infantil.
