Sharon Brightwell, una jubilada de Dover (Florida), entregó 15.000 dólares en efectivo a un supuesto abogado de su hija tras recibir una llamada en la que escuchó llorar a la joven y le pidieron dinero para una fianza. La voz de April había sido sintetizada a partir de un fragmento de audio: no existió ninguna llamada real. Su caso, difundido en verano de 2025 por medios locales estadounidenses, ilustra la nueva oleada de estafas mediante clonación de voz por inteligencia artificial.
El Centro de Denuncias de Crímenes Cibernéticos del FBI publicó en abril de 2026 su informe anual correspondiente a 2025 y, por primera vez en sus 26 años de historia, abrió una categoría específica de fraude con IA. El documento recoge más de 22.000 quejas atribuidas a ese vector, con pérdidas ajustadas de 893 millones de dólares, de los cuales 352 millones correspondieron a víctimas mayores de 60 años, convertidas en el colectivo más castigado. Estos datos forman parte de un total de 20.900 millones en pérdidas por ciberdelito, un 26 % más que el año anterior, con 7.700 millones correspondientes a personas de más de 60 años. La propia agencia reconoce que la cifra real es superior, porque la mayoría de víctimas nunca descubre que habló con una máquina.
En el ámbito global, INTERPOL elevó en marzo de 2026 las pérdidas por fraude financiero a 442.000 millones de dólares en todo el mundo y advirtió de que el fraude potenciado por IA es 4,5 veces más rentable que el tradicional. Una herramienta moderna de clonación necesita apenas tres segundos de audio —un vídeo de redes sociales, un mensaje de voz— para reproducir una voz indistinguible. Una investigación de Consumer Reports de marzo de 2025 concluyó que la mayoría de los seis principales proveedores del sector carecen de verificación real del consentimiento y se limitan a una casilla de autoatestación, mientras las medidas de las compañías (trazabilidad, clasificadores, listas de bloqueo) operan sobre todo después del fraude, sin impedir la clonación inicial.
