Iason Gabriel, filósofo político griego-británico, llegó a DeepMind en 2017 recomendado por un amigo y se convirtió durante un tiempo en el único filósofo en activo de un laboratorio de inteligencia artificial de frontera. Formado en la Universidad de Oxford como fellow de St John’s College, Gabriel compatibilizaba la docencia en teoría política con tareas de desarrollo internacional para el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en Sudán y Líbano. Su incorporación respondía a una decisión deliberada de los fundadores de DeepMind —Demis Hassabis, Shane Legg y Mustafa Suleyman— de integrar reflexión ética en su objetivo declarado de desarrollar inteligencia artificial general (AGI), algo que en 2010 era una apuesta minoritaria. Legg, que desde 1999 venía prediciendo la llegada de la AGI entre 2025 y 2028, defendió la necesidad de contar con pensadores como Gabriel.
La trayectoria de Gabriel en DeepMind ha seguido la evolución de los grandes modelos de lenguaje y ha servido para cartografiar los dilemas éticos que estos han traído consigo. Expertos como Dylan Hadfield-Menell, del MIT, lo consideran la figura adecuada en un momento de maduración del campo. En sus reflexiones, Gabriel cuestiona conceptos clásicos de la filosofía moral para aplicarlos a sistemas cuya naturaleza resulta difícil de aprehender: ‘Hay un profundo misterio ahí: ¿qué es realmente esta cosa? Tenemos una respuesta literal, pero no parece darnos una respuesta moral’.
El artículo sitúa a Gabriel frente a dos enfoques dominantes: la seguridad en IA (AI safety), centrada en alinear sistemas poderosos con objetivos humanos, y la ética de la IA, más escéptica sobre la viabilidad técnica de la AGI. Se repasar los orígenes de ambas corrientes: el ensayo de 1960 de Norbert Wiener sobre máquinas ‘ajenas’ al ser humano, la anécdota de 2016 —con Dario Amodei y Jack Clark— sobre un programa que acumulaba puntos en un videojuego sin avanzar, las discusiones en foros como LessWrong y el libro ‘Superintelligence’ de Nick Bostrom. En ese contexto, la figura de Gabriel representa un intento de construir puentes entre los ingenieros y las humanidades.
