La tradición de encalar las paredes interiores de las viviendas cada verano, heredada de la Antigua Roma, está resurgiendo en 2026 impulsada por las olas de calor cada vez más intensas y la necesidad de reducir el consumo energético. La cal, obtenida al calcinar piedra caliza y mezclarla con agua, no solo aporta un acabado blanco que refleja parte de la radiación solar, sino que destaca por su elevada permeabilidad al vapor de agua, que permite que los muros respiren y la humedad escape lentamente al exterior, evitando condensaciones y reduciendo la sensación de bochorno. Además, su pH elevado dificulta la proliferación de hongos y bacterias, mejorando la conservación de las paredes. Esta técnica se aplicó durante siglos en viviendas, bodegas, establos, almacenes y construcciones agrícolas de toda la cuenca mediterránea, formando parte de lo que hoy se conoce como arquitectura pasiva. Su declive llegó tras la Segunda Guerra Mundial con la popularización de pinturas vinílicas y acrílicas, más cómodas de aplicar y mantener. El encarecimiento y la ineficiencia de la climatización mecánica, unido a la búsqueda de materiales naturales y transpirables, ha devuelto el interés por el limewash y el estuco veneciano, primero en la restauración patrimonial y ahora también en el diseño de interiores. Arquitectos y diseñadores recuperan así una solución que durante casi dos milenios permitió a las casas mediterráneas mantenerse frescas sin electricidad, demostrando que el progreso también puede consistir en recuperar conocimientos tradicionales.
