El artículo examina las lecciones que la célebre misión de Biosfera 2, cerrada herméticamente durante dos años en Arizona entre 1991 y 1993, ofrece para la agricultura en futuras colonias humanas en Marte. La experiencia, estigmatizada por sus conexiones con el movimiento new age y dirigida por el polémico John Allen, demostró que es técnicamente viable cultivar alimentos, reciclar residuos y mantener una atmósfera respirable dentro de un sistema totalmente cerrado: el complejo perdió menos aire que el transbordador espacial y sus ocupantes sobrevivieron 17 meses sin oxígeno externo, récord absoluto de subsistencia en ambiente cerrado.
Los biosferianos basaron su dieta en batatas, plátanos, remolachas, leche de cabra y una alubia poco palatable llamada lablab, dedicando el 75 % del tiempo a tareas agrícolas y culinarias. El hambre constante generó tensiones que dividieron al grupo en dos facciones irreconciliables; además, debieron enfrentar plagas inesperadas, como cucarachas australianas que devoraron los cultivos y el cableado de los microondas, ácaros del té que destruyeron las patatas y pulpos furtivos en el océano interior. Los niveles de oxígeno cayeron hasta el 14 %, causando hipoxia crónica y apnea del sueño.
El texto contrapone dos enfoques para la agricultura extraterrestre: el método minimalista de la NASA, basado en la gnotobiología y plantas aisladas de microorganismos, y un modelo ecológico inspirado en Biosfera 2 que replicaría biomas completos. Aunque la instalación, hoy gestionada por la Universidad de Arizona, nunca repitió un experimento de cierre total, sigue siendo la mejor referencia disponible sobre cómo sería realmente vivir y cultivar en un hábitat marciano.
