En septiembre de 2024, varios pacientes llegaron a urgencias en Fano, una ciudad costera italiana, con fiebre, sarpullido y náuseas. Las pruebas confirmaron que padecían dengue, un virus transmitido por mosquitos y habitual en regiones tropicales. Ninguno había viajado al extranjero: solo compartían un mismo barrio. Entre mediados de agosto y mediados de octubre se detectaron 199 casos, el mayor brote de transmisión local de dengue registrado hasta entonces en Europa continental.
El principal vector es el mosquito Aedes albopictus, conocido como mosquito tigre asiático, que pica de día y de noche y ya tiene poblaciones establecidas en el sur de Europa. Según el investigador Riccardo Moretti, de la agencia italiana ENEA, las condiciones actuales permitirían su expansión incluso hasta Inglaterra, y en países como Grecia la temporada del mosquito se ha prolongado hasta diciembre. Investigadores de la Universidad de Oxford y el Centro de Ecología e Hidrología del Reino Unido han calculado que este mosquito puede transmitir el chikungunya a partir de 14 °C, dos grados menos de lo estimado, lo que amplía el riesgo a la mayoría de países europeos.
Sin embargo, el calor extremo (por encima de 35 °C) y la sequía reducen sus poblaciones, como ha ocurrido este año en el sur de Francia y España. Expertos como Felipe Colón González, de Wellcome, subrayan que la vigilancia epidemiológica es clave para que los brotes aislados no se conviertan en crisis. El artículo también recoge un experimento reciente en Italia con más de un millón de mosquitos macho estériles, criados en Miami, que logró reducir un 90 % la capacidad reproductiva de la especie en la zona.
