Las salas donde se toman las decisiones más importantes de una organización suelen tener niveles de CO2 que reducen de forma medible la capacidad cognitiva de quienes las ocupan. Un monitor portátil muestra lecturas de 400 partes por millón (ppm) en exteriores, pero en una sala de reuniones cerrada con varias personas se superan las 2.000 ppm en pocas horas. Investigaciones del Lawrence Berkeley National Laboratory demostraron que, a 1.000 ppm, el rendimiento empeora en seis de nueve métricas de toma de decisiones respecto a un ambiente limpio de 600 ppm; a 2.500 ppm, siete de las nueve métricas caen sustancialmente. Un estudio de Harvard observó que las puntuaciones cognitivas descienden a medida que sube el CO2, con pérdidas más acusadas en estrategia, planificación y uso de información bajo presión. Estas cifras se alcanzan con facilidad en reuniones de varias horas en salas cerradas, revisiones de arquitectura o sesiones estratégicas en despachos sin ventanas. El problema es invisible: los asistentes no se sienten intoxicados, solo cansados, confusos o despistados, y lo atribuyen a la duración de la reunión, al sueño o a dinámicas internas. Con el trabajo remoto, las oficinas domésticas con la puerta cerrada reproducen la misma física y la misma niebla vespertina. Antes de concluir que un equipo está desenganchado o que la cultura de reuniones es disfuncional, conviene comprobar la variable más barata del edificio: un monitor de CO2 cuesta menos que una hora de trabajo y abrir una ventana no tiene coste alguno. Medir el aire de la sala forma parte de medir los sistemas en los que trabaja el equipo, igual que se miden los tiempos de compilación o la tasa de defectos.
