La fotografía digital actual asume una premisa falsa: que basta con registrar la cantidad de rojo, verde y azul de un objeto para reproducir fielmente sus colores. Este enfoque solo funciona si las curvas de sensibilidad espectral de la cámara coinciden con las del ojo humano y si la iluminación utilizada es perfectamente uniforme, condiciones que rara vez se cumplen en la práctica. Por eso los fotógrafos pelean постоянно con el balance de blancos.
El problema no se limita a la fotografía. En electrónica, distinguir las bandas de color de una resistencia bajo cierta luz puede llevar a instalar el componente equivocado. En la vida cotidiana, un botón que parece del mismo tono que una camisa bajo luz artificial puede destacar al salir al exterior, y el maquillaje sufre alteraciones similares al cambiar de iluminación.
Para abordar estas cuestiones con datos, el autor construyó un espectroscopio casero acoplable a su cámara DSLR. Se trata de un tubo de PVC en ángulo de 146,6 grados con una rejilla de difracción de 1000 líneas por mm en la unión y dos lentes de 50 mm en los extremos. La luz entra por una rendija hecha con dos hojas de cúter pegadas con cola caliente. El conjunto permite fotografiar el espectro de distintas fuentes luminosas.
Con este instrumento, el autor compara el espectro de LEDs antiguos y modernos (rojo, amarillo, verde, azul e incluso uno de carburo de silicio de los años ochenta, precursor histórico del LED azul), y analiza fuentes de luz blanca: bombillas incandescentes de 25 W y 100 W, cuyo espectro muestra un exceso de rojo y escasez de azul y violeta, y bombillas halógenas, surgidas para elevar la temperatura del filamento de tungsteno y mejorar la emisión en el extremo azul.
