La crisis de lectura llega a la universidad: un colapso generacional que las instituciones no saben cómo resolver
La advertencia que los profesores llevan décadas repitiendo —"los estudiantes ya no leen"— ha dejado de ser una queja aislada para convertirse en un fenómeno medible. Un artículo publicado en The Chronicle of Higher Education documenta lo que su autor, un profesor universitario de retórica y escritura, describe como un "colapso generacional" en la capacidad de lectura sostenida y escritura, un problema que las instituciones de educación superior están enfrentando con improvisación y agotamiento, en lugar de una reforma estructural.
El detonante fue una experiencia concreta: a las seis semanas del semestre, el profesor asignó un artículo de 20 páginas, la misma extensión que venía pidiendo cinco años y que él mismo leía sin queja cuando era estudiante. Ningún alumno lo terminó. Cuando les preguntó por qué, una estudiante le respondió con sinceridad: era demasiado largo y perdía el hilo de lo que trataba. Aquello no era una clase remedial; eran alumnos que habían superado el proceso de admisión y escrito ensayos lo bastante buenos para entrar en la universidad. Sin embargo, una lectura académica rutinaria los había vencido.
La evidencia, no obstante, trasciende la anécdota. Adam Kotsko, docente en la Shimer Great Books School de North Central College, escribió en Slate en febrero de 2024 que los estudiantes que antes manejaban 30 páginas por sesión ahora se sienten "intimidados por cualquier texto de más de 10 páginas y abandonan lecturas de apenas 20 sin comprensión real". Kotsko matiza un punto crucial: no se trata de pereza, sino de habilidades que nunca tuvieron oportunidad de desarrollar.
La investigación de The Chronicle de 2024 confirmó el patrón en instituciones tan dispares como el Stevens Institute of Technology y Wellesley College, esta última con un promedio de SAT superior a 1400. Nicholaus Gutierrez, profesor asistente en Wellesley, explicó que ha tenido que recortar las lecturas porque la línea base de lo que los alumnos consideran razonable ha caído tanto que un ensayo de 750 palabras ya parece largo. En Stevens, Theresa MacPhail, profesora asociada de estudios de ciencia y tecnología, describió seguir el lema de "encontrar a los estudiantes donde están" hasta el punto de sentirse "como un director de crucero organizando juegos de tejo".
Los datos nacionales son aún más elocuentes. En la evaluación de escritura de la NAEP de 2011 —el último benchmark integral disponible—, solo el 24 por ciento de los estudiantes de duodécimo grado alcanzó el nivel Proficiente y apenas un 3 por ciento llegó al nivel Avanzado; otro 21 por ciento se quedó por debajo del nivel Básico. La situación en lectura es peor y empeora rápidamente: los resultados de la NAEP 2024, publicados en septiembre de 2025, sitúan las puntuaciones de lectura de los alumnos de 12º grado en el nivel más bajo desde que la evaluación comenzó en 1992. Un 32 por ciento de esos estudiantes se sitúa por debajo del nivel Básico, lo que, en palabras de la propia prueba, significa que probablemente "no pueden extraer conclusiones generales a partir de conceptos presentados explícitamente en un texto". Y, sin embargo, más de la mitad de esos mismos alumnos declara haber sido aceptado en una universidad de cuatro años. Esa contradicción resume el problema: estamos admitiendo a una cohorte que no puede leer a nivel universitario y fingiendo que no ocurre.
Pero ¿por qué está sucediendo? Una primera causa apunta a los teléfonos inteligentes. Aunque el autor llegó a la docencia escéptico del argumento antismartphone, reconoce que la neurociencia lo ha cambiado de opinión. Un estudio de 2017 de Adrian F. Ward y sus colegas de la McCombs School of Business de la Universidad de Texas en Austin demostró que la mera presencia del teléfono —boca abajo, apagado, sin tocar, fuera de la vista— reduce de forma medible la memoria de trabajo disponible y la inteligencia fluida en pruebas cognitivas, con efectos mayores en los usuarios más dependientes. Una investigación de 2022 de Motoyasu Honma y colaboradores de la Universidad Showa de Japón, mediante espectroscopia de infrarrojo cercano, comprobó que leer en smartphone produce hiperactividad en la corteza prefrontal, inhibe la generación de suspiros y reduce la comprensión; los autores argumentaron que ambos fenómenos están causalmente vinculados al declive.
La segunda causa es el recurso creciente a la inteligencia artificial generativa. En junio de 2025, Nataliya Kosmyna y su equipo del MIT Media Lab publicaron el preprint "Your Brain on ChatGPT". Dividieron a 54 participantes en tres grupos —uno usando ChatGPT, otro un buscador y un tercero nada— y monitorizaron la actividad cerebral con EEG de 32 canales. El grupo de ChatGPT mostró la menor conectividad neural, hasta un 55 por ciento inferior al grupo que escribió sin ayuda, y rindió peor a niveles neuronal, lingüístico y conductual. Un 83 por ciento de los usuarios del modelo de lenguaje no pudo citar una sola línea de los ensayos que había escrito minutos antes. Y cuando se les obligó a escribir sin IA en una sesión posterior, su actividad cerebral no volvió a la línea base: los investigadores acuñaron el término "deuda cognitiva" para describir ese déficit persistente.
La tercera pieza del puzzle es curricular. Los estudiantes que hoy llegan al aula universitaria son la primera cohorte cuya escolarización K-12 se ha desarrollado íntegramente bajo la influencia de los estándares Common Core. Más allá de la intención original, la implementación sobre el terreno reemplazó en muchos distritos la lectura sostenida por la práctica de extraer "evidencias" de pasajes cortos desconectados, el mismo formato de las pruebas estandarizadas que cada vez determinan más la financiación escolar.
El estado actual dibuja un panorama preocupante: universidades que admiten a alumnos sin las habilidades de lectura esperables, profesores que adaptan a la baja sus exigencias y una generación cuya capacidad de atención sostenida se ha visto alterada por el entorno digital. Mientras no se aborde de forma estructural —revisión curricular en la educación básica, límites al uso de dispositivos y replanteamiento del papel de la IA en el aprendizaje—, la tendencia apunta a profundizarse. La pregunta ya no es si existe un colapso, sino si el sistema educativo está dispuesto a dejar de fingir que no lo ve.
