El Chicago Pile, construido en 1942, fue el primer reactor nuclear autosostenible del mundo, un hito científico que marcó el inicio de la era de la energía atómica. A pesar de su nombre de baja tecnología, el dispositivo consistía en una pila de 40.000 bloques de grafito y 25 pies de ancho, con uranio enriquecido y controladores de cadmio. Su operación fue breve y peligrosa, pero proporcionó datos cruciales para el Proyecto Manhattan, que buscaba producir plutonio para armas nucleares. La Universidad de Chicago se convirtió rápidamente en un contratista clave, duplicando su presupuesto gubernamental. La investigación estuvo marcada por la estricta confidencialidad militar y la desconfianza hacia científicos de origen europeo, como Enrico Fermi y Leo Szilard, quienes fueron considerados riesgos de seguridad. Sin embargo, los científicos del laboratorio no solo desarrollaron tecnología, sino que también reflexionaron sobre las implicaciones éticas y sociales de las armas atómicas. El informe de James Franck, que argumentó que no se deberían usar armas nucleares en ciudades sin advertencia, sentó las bases para la posterior creación de organizaciones como la Federación de Científicos Atómicos. Este movimiento de responsabilidad social y la reflexión sobre el uso de la energía nuclear han dejado una huella duradera en la política científica y el debate actual sobre el cambio climático y la seguridad global.
