El brote de ébola declarado en la República Democrática del Congo y Uganda se ha convertido oficialmente en el segundo mayor de la historia y en el de crecimiento más veloz jamás documentado. A mediados de agosto, el país congoleño registraba más de 5.021 casos confirmados y 2.378 muertes distribuidas en 49 zonas sanitarias de cinco provincias, mientras Uganda sumaba 20 contagios y dos fallecidos. La tasa de letalidad se sitúa entre el 44% y el 47%, según los datos del CDC y la OMS, que desde el 17 de mayo de 2026 mantienen activa una emergencia de salud pública de importancia internacional.
El detonante que distingue a esta epidemia de las anteriores es el agente causal: la especie Bundibugyo ebolavirus, para la que no existen vacunas ni tratamientos antivirales aprobados. Hasta ahora la investigación se había centrado en la especie Zaire, la más frecuente, dotada de vacunas eficaces. Frente a Bundibugyo, los equipos médicos combaten el virus con las herramientas clásicas: aislamiento, cuidados intensivos de soporte y rastreo de contactos.
La rapidez de propagación inquieta a los epidemiólogos. Las plataformas de vigilancia genómica como GenomicEpi detectan curvas de infección con una pendiente nunca vista en brotes previos durante el mismo intervalo, y la OMS advierte de que, de mantenerse este ritmo, el brote podría superar al de África Occidental de 2014-2016 y convertirse en el más mortífero registrado.
