En 1931, la Unión Soviética completó el Belomorkanal, una vía navegable de 227 kilómetros que conectaba el mar Blanco con el Báltico, en apenas 20 meses. Esta hazaña, impulsada por el primer Plan Quinquenal, buscaba acortar la ruta naval hacia el norte y evitar rodear la península escandinava. Sin embargo, la presión por cumplir el plazo y las restricciones de coste limitaron la profundidad inicial a unos 3,5 metros, impidiendo que funcionara como la gran arteria marítima estratégica prevista.
La obra se ejecutó con la participación masiva de prisioneros del Gulag y maquinaria escasa, priorizando la velocidad sobre la calidad técnica. Aunque el canal permitió el traslado de algunas unidades militares, su escaso calado restringió severamente el tamaño de los buques de guerra y el tráfico comercial. El proyecto, presentado como una prueba de la capacidad del Estado soviético para ejecutar obras gigantescas mediante planificación centralizada, generó una narrativa propagandística que glorificó la construcción, pero ocultó las condiciones brutales de trabajo y las limitaciones físicas de la infraestructura. Hoy, el Belomorkanal sigue siendo navegable, pero nunca alcanzó el impacto estratégico ni comercial que Stalin pretendía demostrar.
