Hace más de 2.500 años, en la ciudad desértica iraní de Yazd, donde las temperaturas estivales superan con facilidad los 40 ºC, se ideó un sistema de refrigeración pasiva conocido como bâdgir o captador de viento, que mantiene frescos los edificios sin consumir electricidad. En lugar de combatir el calor una vez dentro de la vivienda, la arquitectura captura corrientes de aire elevadas y, mediante una chimenea solar, genera una depresión que atrae aire más fresco, potenciado con el paso por qanats y depósitos subterráneos de agua.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que los sistemas de refrigeración ya consumen alrededor del 20% de la electricidad mundial, una cifra en aumento por la mayor frecuencia de olas de calor. Frente a esta dependencia, el ecosistema arquitectónico tradicional de Yazd —muros gruesos de adobe, patios interiores como microclimas, qanats y yakhchales para fabricar y conservar hielo— demuestra que es posible trabajar con el clima en vez de contra él.
Durante el siglo XX, gran parte de Oriente Medio abandonó estas soluciones pasivas por modelos importados con hormigón y cristal. Sin embargo, sus principios reaparecieron en edificios públicos británicos desde finales de los años setenta y en el centro de visitantes del Parque Nacional Zion en Estados Unidos. Normativas recientes en Reino Unido priorizan ahora sombra, ventilación natural y reducción de ganancia solar, devolviendo protagonismo a persianas exteriores, cubiertas vegetales e inercia térmica como complemento, e incluso sustituto parcial, del aire acondicionado.
