El arte moribundo de embellecer a los muertos

Fuentes: A Dying Art

Anthony Saldivar, veterano de Irak y Afganistán y ex alumno de la escuela de efectos especiales fundada por Tom Savini, fue uno de los ocho enterradores que compitieron en el Restorative Art Technical Showcase, el concurso inaugural organizado dentro de la convención de la National Funeral Directors Association en Chicago. Durante seis horas distribuidas en dos tardes, los participantes debían reconstruir cabezas de silicona fabricadas por la empresa Post Mortem Restorative Cosmetics, valoradas en 855 dólares y repletas de traumatismos simulados, hasta lograr un rostro apto para un funeral con ataúd abierto. El premio consistía en un trofeo, vales de maquillaje, seminarios y una bata de laboratorio con el logotipo de la empresa, aunque el mayor reconocimiento era el respeto de sus colegas.

El reportaje de John Semley, publicado en la revista Reason, retrata una disciplina artesanal en plena decadencia. En la última década, la cremación superó al enterramiento tradicional en Estados Unidos y el año pasado alcanzó el 63,4 % de las disposiciones, con proyecciones del 82,3 % para 2045. Se estima que el 40 % de las cremaciones son directas, sin ataúd, embalsamamiento ni restauración. Entre las causas se citan el descenso de la práctica religiosa, el acceso a fotografías digitales de los difuntos, préoccupations écologiques y, sobre todo, el coste: un funeral tradicional ronda los 8.300 dólares, frente a una cremación directa de apenas 795. Frente a este panorama, restauradores como Saldivar aplican técnicas aprendidas en el cine de terror para devolver a los cadáveres un aspecto digno, en lo que describen como una mezcla de oficio material y vocación ética hacia los muertos.