En 2013, un helicóptero estadounidense sobrevoló la isla de Guam en el Pacífico y dejó caer unos 2.000 ratones muertos provistos de pequeños paracaídas de cartón. Cada ejemplar contenía una dosis de paracetamol diseñada para matar a la serpiente arborícola marrón (Boiga irregularis), un depredador invasor llegado tras la Segunda Guerra Mundial que ha devastado la fauna autóctona y provoca apagones al colarse en subestaciones eléctricas. Unos 80 miligramos del analgésico bastan para alterar la capacidad de la sangre del reptil para transportar oxígeno y provocarle la muerte horas después, mientras que resulta inocuo para la mayoría del resto de animales de la isla.
Décadas después del inicio de la invasión, las autoridades estadounidenses probaron trampas, perros detectores y patrullas nocturnas sin resultados suficientes, hasta que los cebos aéreos demostraron una reducción significativa de la población de serpientes en las zonas tratadas, sobre todo entre los adultos que habitan en las copas de los árboles. Sin embargo, los seguimientos de campo del Departamento de Agricultura de EEUU constataron que el efecto no es permanente: ejemplares procedentes de áreas vecinas recolonizan los espacios vacíos. El objetivo ya no es la erradicación total, sino mantener a la especie bajo control, favorecer la recuperación de la fauna nativa y evitar su expansión a Hawái y otras islas del Pacífico.
