Dos investigaciones recientes cuestionan una de las escenas más icónicas de la prehistoria americana: la de los Clovis como hábiles cazadores de mamuts armados con propulsores de lanza o atlatls. El primer estudio, publicado en PNAS, aplica modelos estadísticos y concluye que el atlatl probablemente no llegó a América hasta unos 4.000 años después de la desaparición de la cultura Clovis, lo que desmonta la teoría de que lo emplearan para cazar megafauna. Su autor, el arqueólogo Metin Eren, reconoce sin tapujos: «No tenemos ni idea de qué demonios usaban». Si el atlatl queda descartado, solo restan hipótesis como jabalinas o lanzas de empuje, que obligarían a un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con animales de varias toneladas.
El segundo trabajo, difundido en Journal of Archaeological Science: Reports, revisa los quince yacimientos donde aparecen puntas Clovis junto a restos de mamuts, mastodontes o gonfoterios y concluye que ninguno demuestra de forma inequívoca una cacería activa, ya que las mismas huellas y puntas rotas pueden explicarse por carroñeo (un problema conocido como equifinalidad). Además, nunca se ha hallado una punta Clovis incrustada en un hueso de mamut, al contrario de lo que ocurre en yacimientos euroasiáticos más antiguos. Los autores tampoco descartan que los altos niveles de nitrógeno detectados en un niño Clovis procedan del consumo de larvas asociadas a carroña. Ambos estudios reflejan una tendencia creciente en la arqueología: sustituir certezas heredadas por exigencias probatorias más estrictas y reconocer que buena parte del relato sobre los primeros americanos sigue abierto.
