El dimetilzinc es uno de los compuestos organometálicos más peligrosos que un químico puede encontrarse en el laboratorio, hasta el punto de que el blog Science Pills lo incluye en su serie 'Cosas con las que no quiero trabajar'. Se trata de un líquido incoloro, altamente volátil —hierve a 46 °C— y pirofórico, lo que significa que arde de forma espontánea al contacto con el aire.
El autor, Derek Lowe, lo describe a partir de la experiencia de un colega que, tras desconectar un tubo de goma de su aparato de destilación, vio cómo el material ardía de inmediato con vigorosas llamas. El recuerdo textual de aquella noche fue que 'esta sustancia hace que el terc-butil-litio parezca agua de fregar'. Su comercializador, Alfa, distribuye el producto puro para quien desee reproducir la comparación.
El artículo contextualiza la peligrosidad del dimetilzinc con la de otros reactivos emparentados: el bromuro de metilmagnesio se vende en grandes envases por su seguridad relativa, el dimetilmercurio es célebre por su toxicidad letal —el caso de Karen Wetterhahn— y el trimetilaluminio funciona como un lanzallamas en versión líquida. Frente a todos ellos, el dimetilzinc puro se lleva la peor reputación.
Como curiosidad histórica, el texto recuerda el proyecto de desacidificación masiva de libros antiguos que la Biblioteca del Congreso estadounidense desarrolló entre los años ochenta y noventa. El dietilzinc, análogo menos volátil, neutralizaba los ácidos del papel envejecido, pero sus tendencias pirofóricas obligaban a garantizar la eliminación total del reactivo antes de abrir las cámaras de tratamiento. La planta piloto sufrió varios incendios antes de que el procedimiento se abandonara. El informe final del proyecto señala con ironía que ni el empaquetado de los volúmenes ni la posición de los planetas influían en los efectos adversos observados, y descarta incluso ensayar el compuesto dimetilado, decisión que el autor asegura estar dispuesto a imitar.
