El programa espacial ruso Amur-LNG, concebido como respuesta estatal al Falcon 9 de SpaceX, acumula casi seis años de retrasos sin haber volado. Roscosmos presentó el proyecto en 2020 con el objetivo de estrenarlo en 2026, una fecha ya inalcanzable. Esta semana, en una entrevista con RBC, Dmitri Baránov, director general adjunto de Roscosmos para Programas de Cohetes, confirmó que la prioridad actual es desarrollar un demostrador de la primera etapa del cohete, sin dar una fecha concreta para el primer vuelo orbital.
El Amur-LNG fue diseñado como un vehículo parcialmente reutilizable con motores de metano, capaz de colocar 10,5 toneladas métricas en órbita baja en modo reutilizable. El aplazamiento se produce en un contexto global de aceleración de la reutilización de cohetes: la pasada semana, China recuperó por primera vez un cohete reutilizable tras una misión orbital; la agencia espacial japonesa JAXA realiza ensayos de salto y Honda ha probado tecnología de aterrizaje vertical. En Estados Unidos, SpaceX aterriza y relanza propulsores cada pocos días, Blue Origin ha demostrado esa capacidad con el New Glenn (actualmente en tierra), y Stoke Space, Rocket Lab y Relativity Space avanzan hacia vehículos parcialmente o totalmente reutilizables.
La industria espacial rusa, heredera del primer lanzamiento orbital de la historia hace casi siete décadas, queda así rezagada en una tecnología que el resto de potencias y de empresas privadas ya domina o está cerca de dominar.
