La actual vorágine tecnológica no surgió de la nada, sino que fue anticipada y advertida entre las décadas de 1950 y 1980 por pensadores que vislumbraron tanto una utopía informática como un «Estado artificial» gobernado por máquinas. Entre 1958 y 1959, el publicista Edward L. Greenfield, el politólogo del MIT Ithiel de Sola Pool y el ingeniero de IBM Alex Bernstein fundaron Simulmatics Corporation, una empresa dedicada a simular electorados mediante tarjetas perforadas y un ordenador IBM 704. Su primer cliente fue el Comité Nacional Demócrata de Estados Unidos, que en 1959 contrató a la firma para asesorar al candidato presidencial sobre qué decir, a quién y cuándo. Tras la victoria de John F. Kennedy, la prensa atribuyó el triunfo a la «People Machine» de Simulmatics, bautizada como «la bomba atómica de las ciencias sociales». El proyecto despertó alarmas tempranas: el historiador Arthur Schlesinger rechazó que un candidato debiera someter sus mensajes a una máquina, y el escritor Eugene Burdick plasmó esas preocupaciones en la novela política «The 480» (1964), donde advertía de una nueva clase de tecnócratas bienintencionados capaces de reconstruir el sistema político. En 1966, el crítico Lewis Mumford denunció en «The Myth of the Machine» el auge de la «inteligencia cibernética» y el determinismo tecnológico, y un año antes el sociólogo japonés Yoneji Masuda había planteado la disyuntiva entre una «computopía» y un «Estado automatizado». Simulmatics quebró en 1970 por falta de datos suficientes para extender sus simulaciones a industrias como la editorial o el cine, pero su legado de microsegmentación política se adelantó décadas a prácticas hoy habituales en empresas como Amazon o Netflix. El texto sostiene que las democracias liberales fueron alertadas con claridad sobre los riesgos de sustituir la deliberación democrática por el cálculo algorítmico, y que esas advertencias fueron ignoradas.
