Un artículo de opinión publicado por un desarrollador con doce años de experiencia reclama la libertad de escribir software a mano, sin la presión de depender de herramientas de inteligencia artificial generativa. El autor parte de una paradoja cultural: mientras la sociedad sigue valorando el arte, la música y la literatura hechos a mano frente a los generados por IA, en el desarrollo de software se estaría forzando a los profesionales a adoptar la IA incluso cuando eso atrofia sus competencias básicas.
El texto argumenta que los desarrolladores senior aprovechan bien la IA precisamente porque pasaron años programando manualmente; los juniors, en cambio, no podrán adquirir ese bagaje si empiezan directamente con generación automática. Además, señala que décadas de avances en lenguajes, marcos de trabajo, modelos de desarrollo y seguridad se diseñaron para que equipos humanos gestionasen la complejidad de los proyectos, algo que la IA, una tecnología con apenas cinco años de recorrido, no sustituye.
Otro eje del ensayo es el riesgo estratégico: externalizar el código a sistemas de IA propietarios, controlados por un puñado de grandes empresas que dependen de un único fabricante de hardware, introduce una vulnerabilidad crítica que las organizaciones deberían evaluar como cualquier otro riesgo de propiedad intelectual. El autor también cuestiona la idea de que la IA debía reemplazar tareas mecánicas y no la creación profunda, y lamenta que quien decide no usarla sea visto como un outsider. Cierra con un mensaje directo: dar a las personas la libertad de desarrollar software como consideren oportuno.
