¿Es posible asegurarse de que una idea no la haya tenido ya alguien antes? Un ensayo reciente aborda esta pregunta y propone cuatro reglas prácticas para maximizar las probabilidades de ser pionero. Aunque ser el segundo en una idea no siempre es malo, ser el cincuenta resulta claramente peor, de modo que conviene reducir la competencia siempre que se pueda.
El primer factor es el tiempo: las personas cuentan con una capacidad limitada para dedicar a un proyecto, por lo que cuanto más largo sea, más probable es que lo abandonen o nunca lo empiecen. El segundo es la dificultad: la evolución ha favorecido que los seres humanos eviten tareas complejas o con muchos pasos, así que cuantos más pasos requiera una iniciativa, menos gente la habrá completado. El tercero es la obviedad: cuanto más oscuro sea el terreno, menos personas habrán tropezado con la misma idea. El cuarto combina obviedad y número de pasos en cadenas de dependencia progresiva: cada nueva etapa depende de haber resuelto la anterior, lo que multiplica la rareza. Si una de cada diez personas descubre la primera idea, una de cada diez de esas descubrirá la segunda, y así sucesivamente.
La conclusión es operativa: quien aspire a hacer algo genuinamente inédito debería elegir proyectos que sean oscuros, largos, difíciles y con incógnitas que solo se resuelvan al avanzar. Cuantos más de estos rasgos reúna la iniciativa, menor será el número de personas que la habrán culminado y mayor la probabilidad de ser el primero.
