En los países occidentales, las normas urbanísticas han pasado de permitir casi cualquier construcción a blindar la fisonomía de los barrios, prohibiendo el cambio y la densificación. Una explicación habitual es que los edificios modernos resultan feos a la mayoría y, por eso, los vecinos aceptan reglas que los excluyen de su entorno. El autor de este artículo, publicado en Works in Progress, matiza esa tesis: la fealdad no es un motor principal del rechazo local —donde pesan más las molestias de obra, la pérdida de zonas verdes, la presión sobre los servicios o la exclusión social—, sino que lo es sobre todo de una categoría distinta de opositores que él bautiza como NITBY ("Not in that backyard", no en ese patio trasero): personas que no viven cerca pero evalúan superficialmente si un proyecto mejora o empeña un barrio, y cuya movilización colectiva puede ser muy eficaz.
El artículo ilustra esta idea con la conservación del patrimonio. Hasta los años sesenta, la rehabilitación de edificios históricos se permitía casi siempre; hoy está casi siempre prohibida. Las dos explicaciones dominantes —una reacción a la destructividad de los planificadores de posguerra o un pretexto de los NIMBYs suburbanos— resultan poco verosímiles, porque los derribos no fueron históricamente anómalos y los NIMBYs ya habían prohibido antes los edificios que les disgustaban. Lo que cambió fue la hegemonía del Movimiento Moderno, un estilo que las encuestas de preferencia visual consideran más feo que los tradicionales. Así, la conservación habría sido una reacción a lo que los modernistas construyeron, no solo a lo que destruyeron.
El texto examina después el verdadero peso de la fealdad en el NIMBYismo local. Recuerda que urbanizaciones estéticamente cuidadas —como I'On en Charleston o las promociones del Ducado de Cornualles, incluida la propuesta de Faversham— también despiertan oposiciones feroces, lo que indica que la belleza no basta para desactivar el rechazo vecinal. Además, el calendario no encaja con la teoría: la zonificación restrictiva surgió en Alemania y Austria-Hungría en los años noventa del siglo XIX y se extendió por Europa y Estados Unidos en el periodo de entreguerras, mientras que el Movimiento Moderno no triunfó globalmente hasta los años cincuenta. La restrictividad urbanística, por tanto, se consolidó cuando la mayoría de los edificios nuevos aún se construían en estilos tradicionales, antes del giro estético percibido como feo.
