Un escritor y jurado experimentado de premios como el Pulitzer, el National Book Award, el Giller Prize canadiense y el PEN/Faulkner Award desmonta los mitos más extendidos sobre el proceso de selección de los grandes premios literarios. Tras participar en seis certámenes en los últimos ocho años, explica que estos premios los juzgan paneles reducidos de tres o cinco autores, críticos o libreros, y no las organizaciones que los convocan, cuya labor se limita a verificar la elegibilidad de las obras.
El texto detalla varios aspectos clave del proceso. Primero, que las quinielas anuales que especular con los ganadores a partir de premios anteriores carecen de fundamento, pues cada jurado es independiente. Segundo, que siempre existe un undécimo libro que casi entra en la lista larga o un cuarto finalista que nunca se hace público, algo que los autores afectados jamás llegan a saber. Tercero, los jueces pueden recibir hasta 600 obras en seis meses y trabajan con honorarios de entre 0 y 5.000 dólares, por lo que nadie lee todos los libros y es legítimo abandonar una obra mal empezada.
Además, el artículo advierte de que cualquier libro puede ser víctima del azar si su primer lector no conecta con él. Cada panel define sus propios criterios y crea su propia dinámica, y aunque los autores teman el amiguismo, el autor nunca ha presenciado ningún caso de amiguismo en sus años de experiencia. El resultado es un proceso más transparente y artesanal de lo que suele creerse, pero también profundamente imprevisible.
