El Sistema de Posicionamiento Global nació en los años setenta como un proyecto militar del Departamento de Defensa de Estados Unidos y debutó en combate durante la guerra del Golfo en 1991. Hasta el año 2000 los civiles solo accedieron a señales degradadas; la apertura completa del servicio disparó su adopción y, en aproximadamente una década, ya había mil millones de receptores en uso en todo el mundo, la inmensa mayoría fuera del ámbito militar. La red estadounidense convive con sistemas equivalentes de la Unión Europea, Rusia y China, y la localización funciona por trilateración: un receptor calcula distancias a partir del tiempo que tardan en llegar las señales de al menos cuatro satélites.
La autora, Katherine Dunn, describe en su libro 'Little Blue Dot' cómo el GPS se ha convertido en una guía invisible que ordena desde una entrega a domicilio hasta la logística de un convoy. Pero el artículo va más allá de la utilidad práctica y se pregunta por el coste cognitivo y cultural de esa dependencia. Neurocientíficos y psicólogos como Shachar Maidenbaum, Mary Hegarty y el equipo de McGill señalan que la navegación humana se apoya tradicionalmente en los mapas cognitivos, construidos con lugares de referencia y sostenidos por las células de lugar del hipocampo. Las instrucciones paso a paso del navegador priman en cambio una estrategia estímulo-respuesta ligada al aprendizaje habitual, que no exige comprender el espacio.
El texto combina testimonios de conductores, repartidores y guardabosques que recuerdan la navegación con atlas Rand McNally, mapas de pared y radio CB, con casos contemporáneos de conductores que caen a un lago o quedan atrapados en vías de tranvía por seguir instrucciones defectuosas. Israel, que interfiere y falsifica señales GPS como táctica militar, ofrece un ejemplo extremo: pilotos y capitanes de barco han tenido que desconectar sus sistemas automáticos. La conclusión abierta que plantea la pieza es si, al dejar de perdernos, hemos dejado también de saber dónde estamos.
