El ensayo parte de una premisa directa: para preparar a los estudiantes que aspiran a crear startups, las universidades no necesitan nuevos programas de "emprendimiento", sino reforzar lo que ya hacen bien — enseñar ciencias de la computación, ingeniería mecánica, biología molecular y, en general, materias con ideas poderosas. La parte difícil de una startup es el producto: saber qué construir y ser capaz de construirlo, algo que se aprende construyendo, no en clases de gestión o finanzas. El texto admite que "construir" debe entenderse en sentido amplio: el estudio de caligrafía ayudó a Steve Jobs y un título de psicología no impidió a Mark Zuckerberg programar.
Los autores sostienen que bastan dos cambios para que una universidad prepare bien a fundadores: que los estudiantes crean que pueden crear una empresa y que se les anime a trabajar en proyectos propios. La idea de que fundar una startup es viable está mal repartida: los exalumnos de Harvard aplican a Y Combinator al doble de ritmo que los de Yale o Princeton, pese a ser perfiles similares. Mostrar a fundadores reales en campus —idealmente treintañeros con empresas recientes, no solo billionaires— rompe el mito de que es algo reservado a otros.
Trabajar en proyectos propios aporta además tres beneficios: es la mejor vía para conocer una materia en profundidad, para encontrar socios con los que fundar y para descubrir ideas de negocio, ya que las mejores ideas nacen de aficiones aparentemente aleatorias. Eliminar restricciones de tiempo, como el periodo de lectura de Harvard (donde nacieron Microsoft y Meta), puede liberar el potencial de los estudiantes. La universidad debe resistir la tentación de oficializar esos proyectos y dejar que sean iniciativa de los alumnos.
