Durante las primeras versiones de Windows para arquitecturas no x86, Microsoft incluía un emulador que traducía código x86-32 a instrucciones nativas mediante un compilador JIT, lo que ofrecía un rendimiento muy superior al de un intérprete puro. Un ingeniero del equipo recordó un caso especialmente llamativo: un programa necesitaba reservar 64 KB en la pila e inicializarlos a cero. El procedimiento habitual consistía en sondear la pila para confirmar que había espacio, restar 65 536 al registro de puntero y rellenar la memoria con un bucle ajustado de inicialización.
El compilador empleado, sin embargo, consideró el bucle demasiado convencional. Aplicó una optimización que deshacía el bucle y lo sustituía por 65 536 instrucciones individuales de escritura de un byte, cada una de 4 bytes. El resultado: 256 KB de código para inicializar 64 KB de datos, una proporción de 4 a 1.
El equipo de desarrollo del emulador reaccionó añadiendo lógica específica al traductor binario: cuando detectaba esa secuencia concreta de instrucciones, la sustituía automáticamente por un bucle compacto equivalente. De este modo, la traducción JIT no solo reproducía el programa original, sino que corregía sobre la marcha un caso de generación de código especialmente ineficiente.
