Un post reciente de Eric Bailey propone ampliar los iconos de valoración de Netflix para recoger mejor la riqueza de la experiencia humana al consumir contenidos. Entre los ejemplos figuraban opciones como "mi gato pasó por encima del teclado", "estoy viendo esto por odio y mala decisión" o "me interesa esta serie, pero no me recomiendo más del mismo género".
El texto parte de una idea reconocible por cualquier usuario: cuando pulsamos "me gusta" sabemos que es una simplificación que el sistema interpretará de forma errónea, y aun así lo hacemos. Y sin embargo, en el ámbito profesional esos mismos botones se convierten en cifras agregadas —"142.432 usuarios dieron me gusta"— que se tratan como verdades objetivas capaces de justificar reordenaciones de catálogos completos.
La crítica central es que esas métricas suelen dejar fuera tres dimensiones: los valores ("¿deberíamos ofrecer más de esto?"), el matiz ("¿qué significa realmente ese clic en esta interfaz?") y la visión ("si ofrecemos más de esto, ¿adónde nos lleva?"). Esas preguntas exigen introspección, un proceso más lento que el ciclo de medición y reporte. El artículo cierra apuntando que la velocidad de los flujos de trabajo rara vez favorece la sabiduría.
