Francisco Javier Soriano, maestro cervecero de Cruzcampo, se ha declarado "totalmente enemigo del vaso congelado" porque, a su juicio, rompe la temperatura de frío óptima de la cerveza. Sus declaraciones reavivan un debate recurrente en el sector, donde sommeliers y maestros llevan años desaconsejando esta práctica tan popular en verano.
Los argumentos técnicos son tres. Primero, cada cerveza está formulada para servirse a una temperatura concreta, y un vaso a -18 grados la sobreenfría. Segundo, el frío extremo limita la liberación de aromas: a menor temperatura, menos burbujas escapan y se reducen los "efluvios organolépticos" que viajan a la nariz. Tercero, el receptor del gusto TRPM5 necesita calor para activarse, por lo que una cerveza demasiado fría apenas se percibe en boca. El maestro Xabier Cubillo coincide: "refresca mucho, pero ya no se notan tanto los aromas y la espuma se cae antes".
El artículo plantea, además, una reflexión de fondo: si la cerveza no hidrata ni es saludable, se bebe por placer, y ese placer depende del sabor, el aroma y la textura. La caña helada es, en sí misma, una elección legítima —priorizar el frío frente al sabor—, siempre que el consumidor sea consciente de lo que gana y de lo que renuncia al elegirla.
