Una serie de incidentes en el US Open de tenis ha reavivado el debate sobre la relación entre marcas e influencers. Durante el partido de Naomi Osaka contra Anastasia Zakharova, un grupo de creadores equipados con aros de luz provocó una distracción tan intensa que el árbitro tuvo que interrumpir el juego para pedir silencio. Otros creadores pidieron a personal de la USTA que les tomara fotos con flash mientras el encuentro se disputaba.
La USTA casi duplicó las acreditaciones concedidas a influencers este año, hasta cerca de 100, frente a las 54 de 2024, según declaró su directora de operaciones mediáticas, Jeanmarie Daly. El portavoz Brendan McIntyre aclaró a ABC News y The Athletic que los responsables de las molestias no estaban acreditados por la USTA. También explicó que a las influencers Meg Radice y Audrey Jongens se les retiró el acceso tras publicar sus credenciales en Instagram; habían sido incluidas erróneamente en una lista de personal de un proveedor de comida.
El gasto publicitario en creadores estadounidenses alcanzó 37.000 millones de dólares en 2025 y se proyecta en 44.000 millones para este año, según la IAB. La organización señala que la conducta de los creadores, aunque no siempre vulnere normas, deteriora la experiencia de otros asistentes. Tras la viralización de los vídeos, la USTA colocó nueva cartelería pidiendo no usar flash.
En otro frente, Callaway Golf rompió relaciones con Good Good después de que un anuncio del canal de YouTube, parodia del corto Obsession de Curry Barker, mostrara al cofundador empujando a la golfista profesional Alexis Miestowski. El anuncio fue percibido como una trivialización de la violencia contra las mujeres. El CEO Chip Brewer reconoció que Callaway aprobó el vídeo antes de su publicación y pidió disculpas. El episodio ilustra cómo las marcas que delegan en influencers deben asumir mayor responsabilidad sobre los contenidos que firman.
