Una de las estafas más insólitas del patrimonio cultural europeo ha llegado a su capítulo final con el ingreso en prisión de Franco Malosso, el hombre que durante más de una década hizo pasar un decorado de yeso, hormigón y bloques de piedra envejecidos artificialmente por un auténtico anfiteatro romano del siglo IV en la localidad de Arcugnano, en la provincia de Vicenza, al norte de Italia. Malosso, de 69 años, cumple ahora una condena firme de dos años y cuatro meses de cárcel en el centro penitenciario de Ventimiglia, tras el rechazo de su solicitud de libertad condicional, según informó el diario El País.
Los hechos se remontan a 2005, cuando Malosso —conocido en los circuitos artísticos bajo el seudónimo de Franz Von Rosenfranz— afirmó que un deslizamiento de tierras en el jardín de su villa había sacado a la luz los restos de un yacimiento arqueológico. A partir de esa premisa, el supuesto erudito comenzó a excavar su propio terreno y levantó una estructura de 5.000 metros cuadrados que promocionó como el "Anfiteatro Marítimo Berico Porto degli Angeli", un complejo que, según su particular narrativa, habría sido construido antes del año 393 d.C. e incluso habría acogido el paso de Julio César de regreso de Egipto junto a Cleopatra.
El montaje incluía gradas de piedra, columnas, estatuas y un estanque, todo dispuesto con la voluntad de reproducir la estética de un enclave de la antigua Roma. La narración incorporaba además supuestas piezas griegas y vestigios del neolítico encontrados en los alrededores, e incluso se llegó a afirmar que Julieta Capuleto, la inmortal protagonista de Shakespeare, había residido allí durante su adolescencia. El conjunto llegó a incluirse en guías turísticas oficiales y en una aplicación promocional del municipio, y los visitantes pagaban hasta 40 euros por recorrerlo, según reportó el diario Corriere della Sera y recogió el periódico británico The Telegraph.
La burbuja comenzó a desinflarse en 2016, cuando los Carabinieri, alertados por las inconsistencias del relato, abrieron una investigación. Arqueólogos analizaron las supuestas estructuras romanas y las imágenes satelitales revelaron que la zona había cambiado sustancialmente en los últimos años, confirmando que se trataba de una construcción reciente. El informe técnico fue demoledor: las gradas se habían levantado con bloques modernos envejecidos de forma artificial, las columnas eran de fibra de vidrio y hormigón, las estatuas de yeso, y el estanque había sido excavado en época reciente. En resumen, el anfiteatro era un decorado levantado sin rigor histórico alguno.
El proceso judicial se prolongó durante años. En 2021, el Tribunal Supremo de Casación italiano confirmó la condena de Malosso por construcción ilegal, falsificación de obras de arte y edificación en una zona con protección paisajística. Con el rechazo de la libertad condicional, la sentencia es ya firme y el reo ha ingresado en prisión.
El caso ha sacudido especialmente al municipio de Arcugnano. Paolo Pellizzari, alcalde en el momento de destaparse el fraude, reconoció a Il Giornale di Vicenza que el municipio se convirtió "en el hazmerreir de Italia", aunque defendió la labor institucional: "Había disimulado muy bien la operación y el terreno era de su propiedad". El regidor destacó también que buena parte de la obra se ejecutó sin permisos ni control municipal y que Malosso "se presentaba de forma cautivadora y prometía el oro y el moro".
En una entrevista concedida a La Stampa en 2016, poco después de estallar la polémica, Malosso ofreció una versión insólita de los hechos: "Eso no es el anfiteatro, es un jardín con formas elípticas, una maqueta de lo que alguna vez estuvo allí, probablemente debajo, descrito por varios poetas y escritores como 'el gran anfiteatro'". El implicado negó en todo momento la intención de engañar.
El affaire del anfiteatro de Arcugnano reabre el debate sobre los mecanismos de control del patrimonio arqueológico en Italia, un país donde proliferan los hallazgos y donde la supervisión institucional no siempre alcanza a frenar a los falsificadores más audaces. También deja en evidencia la facilidad con que una historia bien hilada puede colarse en circuitos oficiales cuando el carisma del narrador y la ausencia de contrastación científica se alían. Por ahora, Malosso ya paga con cárcel lo que él siempre presentó como una mera recreación artística.
